Para que tu confianza esté en el SEÑOR, te he instruido hoy a ti también. ¿No te he escrito cosas excelentes de consejo y conocimiento… (Proverbios 22:19-20).
El propósito principal de este libro es instruirnos en todos los deberes que tenemos para con Dios y para con los hombres; y confiar en Dios es un deber fundamental sin el cual no podemos hacer nada correctamente. Al principio del libro, Salomón llama a los pecadores a volverse a Dios, dependiendo de su misericordia y conforme a su promesa. Nos pide que creamos en Cristo y en Dios su Padre, que lo estableció desde la eternidad (cf. Pr. 8:23). Nos encarece expresamente a confiar en el Señor con todo nuestro corazón y a renunciar a toda confianza en nosotros mismos (cf. Pr. 3). Y con todo el tono de sus proverbios, a través de los cuales no deja de insistir en las ventajas que se derivan de la rectitud y en la desgracia que sigue al vicio, nos impulsa a encomendar nuestras almas a Dios, haciendo el bien. La confianza en el Señor es nuestro escudo contra las tentaciones y, a través de ella, obtenemos de Dios por medio de Cristo toda la gracia que necesitamos para nuestro auxilio y sostén en los caminos de santidad; y todo lo que se dice en este libro, cuando lo tenemos debidamente presente, contribuye a fortalecer nuestra confianza y a guiarnos en nuestro caminar.
Para fomentar nuestra confianza en Dios y orientar nuestros pasos, debemos leer y oír este libro aplicándolo a nuestras vidas. “Te he instruido hoy a ti también”, esas son las palabras del escritor inspirado. Es Dios quien habla, y se dirige a cada uno de nosotros en particular, de manera que deberíamos recibir en nuestros corazones lo que nos dice, creyendo que la palabra de exhortación nos habla a cada uno en concreto, con la misma certeza que si se hubiera escrito expresamente para nosotros, sin pensar en ninguna otra persona del mundo. Hasta que no oímos la palabra como Palabra de Dios que se dirige a nosotros, no hemos oído con la debida atención.
Dios no solo ha hablado, sino que también nos ha dejado escritas sus palabras por medio de Salomón. “Recibe, te ruego [dijo Elifaz a Job], la instrucción de su boca, y pon sus palabras en tu corazón” (Job 22:22). Job lo hizo así, porque consideraba que las palabras, que salen de la boca de Dios eran más necesarias que la comida. ¿Acaso es posible que los santos sintieran tanta reverencia hacia la Palabra de Dios cuando no había Escritura y que nosotros le prestemos menos atención ahora que Dios, en su gracia, ha tenido a bien escribirnos las grandes cosas de su Ley y su pacto?
Lo que está escrito no son solo palabras de verdad, sino cosas excelentes y majestuosas, dignas de que las escribiera el más sabio de los hombres, siendo inspirado por el Espíritu de sabiduría. Dios deja a nuestro juicio decidir si son excelentes o no. Si no discernimos su excelencia somos ciegos y estúpidos, porque tienen una grandeza que sobrepasa con mucho a la de los objetos que más se valoran sobre la faz de la Tierra. Su valía no radica en un aspecto resplandeciente, como el del oro, el de la plata o el de los diamantes, ni en que proporcionen entretenimiento a la mente curiosa, como una narración bien redactada, sino en que nos aportan consejo para hacernos prudentes en todas las facetas del comportamiento y nos dan conocimiento para enriquecer la mente con las verdades más preciosas. Ser sabio, entender nuestro camino hacia el Cielo, conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo y la “[…] voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2 RVR 1960), son todos logros excelentes; y las cosas que hay escritas en este libro son extremadamente útiles para ayudarnos a alcanzarlos.
Formarse juicios acerca de cuestiones importantes que están íntimamente relacionadas con nuestros intereses fundamentales es otro beneficio que se deriva de prestar la debida atención a este libro.
Extracto de “Comentario a Proverbios” por George Lawson. Publicaciones Aquila.