Mejor es habitar en tierra desierta que con mujer rencillosa y molesta

Mejor es habitar en tierra desierta que con mujer rencillosa y molesta (Proverbios 21:19).

La rencilla y la ira suelen ir juntas y prended una llama muy difícil de apagar. El sabio ya nos ha dicho que es mejor vivir en una casa con goteras, o hasta en un rincón del terrado, a merced de las tormentas, que con la mujer rencillosa (cf. Pr. 21:9); pero aquí va aún más lejos y afirma que es mejor morar en tierra desierta que con la mujer rencillosa e iracunda. La tierra desierta resultaría una morada muy mala, porque allí están las guaridas de los leones y los chacales, de modo que el que mora en el desierto no solo carecería de todas las comodidades, sino que estaría expuesto constantemente a perder la vida. Sin embargo, es preferible padecer estos inconvenientes antes que habitar en una casa espaciosa en compañía de una mujer que se dedique a atormentar a su marido con peleas interminables. La mujer rencillosa es una fiera más peligrosa que el tigre del desierto, y su lengua es más repugnante que la de una víbora.

La mujer rencillosa no es peor que el marido tiránico. Es más fácil para el hombre escapar de la presencia de la gruñona que para la mujer rehuir el rostro de un tirano brutal; y la fragilidad de la mente femenina hace que sea más vulnerable que las personas del otro sexo a las tristes huellas que dejan los maltratos.

Cuando el marido y la mujer ven que el yugo del matrimonio se endulza con el amor y la paz, cada uno de ellos debería bendecir a Dios por la felicidad que ha encontrado en la compañía del otro cónyuge. Sus deleites son los más placenteros que el mundo puede proporcionar y se los deben a la bondad de la Providencia, que les ha hecho una sola carne y una sola alma.

Extracto de “Comentario a Proverbios” por George Lawson.

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La boca del necio es su ruina, y sus labios una trampa para su alma

La boca del necio es su ruina, y sus labios una trampa para su alma (Proverbios 18:7).

Los necios no son solamente la causa, sino también el instrumento de su propia ruina; por medio de sus labios, quedan enredados en una trampa y se destruyen. Fue una censura muy severa la injusta crítica que Elifaz dirigió a Job cuando le dijo: “Tu propia boca, y no yo, te condena, y tus propios labios testifican contra ti” (Job 15:6). Pero aquí Salomón nos dice que los necios que no tienen dominio de sus lenguas, no solo se condenan, sino que son castigados por sus propias bocas. “Harán caer sobre sí [como dice David] sus mismas lenguas” (Sal. 64:8 RVR 1909); y cuando las lenguas de los hombres caen sobre ellos, quedan aplastados por el peso. Las lenguas de los demás hombres pueden traspasar nuestras entrañas, pero las palabras más duras y envenenadas que otros pronuncien jamás podrán herir al hombre de forma tan incurable como las suyas propias.

Para Amán, el castigo de ser colgado en la misma horca que él había erigido resultaba más mortificante que morir en cualquier otro patíbulo de la forma más vergonzosa. El necio contencioso es como Amán; erige un patíbulo para sí mismo y fabrica las cuerdas con que se va a estrangular. Pero Amán no podía saber que todo el trabajo iba destinado a su persona, mientras que el que ama la contienda tiene en la Palabra de Dios una advertencia clara del peligro que corre y, por tanto, caerá sin compasión si se niega a corregirse.

Extracto de “Comentario a Proverbios” por George Lawson.

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Ordena tus labores de fuera

Ordena tus labores de fuera, y tenlas listas para ti en el campo; y después edifica tu casa (Proverbios 24:27).

Debemos buscar primero lo que es absolutamente necesario y, después, todo lo que pueda proporcionarnos deleite y satisfacción. Por esta razón, nuestro Señor nos ordena “[buscar] primero su reino y su justicia […]” (Mt. 6:33), porque la salvación de nuestras almas es infinitamente más importante que nuestro bienestar en este mundo. Pero, puesto que también hay una preocupación legítima respecto de las cosas de esta vida, en este versículo se nos pide que nos ocupemos de todo aquello que resulte más necesario para nuestra subsistencia y nuestra comodidad presentes antes de pasar a pensar en las cosas que influyen menos en nuestro bienestar. Salomón da por sentado que ya tenemos una casa donde vivir y que estamos cobijados de las inclemencias del tiempo; pero quizá nos gustaría tener un hogar más elegante y más espacioso. Este tipo de deseos son razonables, solo que deben estar debidamente subordinados a nuestros intereses principales. El trabajo del campo, de donde depende nuestro sustento, es de más importancia que la construcción de una casa mejor y, por tanto, debemos ocuparnos primero de aquello, y luego tendremos libertad para edificar nuestra casa si disponemos del tiempo y del dinero necesario. Esta norma del sabio es muy útil para administrar sabiamente nuestros asuntos seculares y, por descuidarla, muchos se han visto abocados a la pobreza y el desprecio; tampoco tiene tan escasa relación con la religión, como entienden algunas personas irreflexivas, porque la religión nos exige que actuemos con prudencia en los negocios comunes de la vida, y que no hagamos nada que pueda llevar a nuestra familia a padecer necesidad ni que pueda impedirnos pagar lo que nuestros acreedores nos reclaman en justicia.

En los asuntos religiosos, debemos observar la misma regla. Hay unos principios básicos que tendríamos que estudiar bien antes de nada, para luego ir adelante a la perfección (cf. He. 6:1). Pensar en avanzar hacia la perfección sin haber aprendido los principios básicos es tan necio como pretender levantar la superestructura de una casa sin poner primero los cimientos; y quedarse en los principios básicos es tan insensato como poner el fundamento de un edificio y creer que ya hemos acabado todo el trabajo.

Dios es un Dios de orden y Él nos pide que hagamos todas las cosas en el orden correcto, tanto en los asuntos civiles como en los religiosos.

Extracto de “Lecturas Vespertinas” por C.H. Spurgeon. Usado con permiso de Editorial Peregrino.

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La integridad de los rectos los guiará

La integridad de los rectos los guiará, mas la perversidad de los pérfidos los destruirá (Proverbios 11:3).

“Yo […] te enseñaré”, dice David (cf. Sal. 32:8-9). ¿Y cuáles son las grandes lecciones que introduce con este prefacio? Son verdades que la totalidad de la raza humana presume de haber aprendido ya: que a los impíos les irá mal, y a los justos, bien (cf. Is. 3:10-11). Salomón sabía que solo unos pocos habían asimilado suficientemente estas instrucciones (cf. Pr. 11:10) y, por tanto, insiste en ellas extensamente.

La sinceridad es una rama importante del carácter del hombre bueno, y es de gran utilidad para él porque le guía por camino seguro. Los rectos desean ardientemente estar “[…] firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere” (Col. 4:12), mientras que otros rigen su comportamiento por sus intereses, sus pasiones y el camino de este mundo; el recto se esfuerza por conocer la voluntad de Dios y acatarla en cada circunstancia. No se desvía de esta regla, aunque le conduzca en dirección opuesta a sus intereses más profundos y a sus amigos más queridos. Al ser consciente de que no puede dirigir sus propios pasos, con humildad se entrega a Jesús, que es el Líder que el Señor asignó para su pueblo, para que el bondadoso Espíritu de Dios le guíe hasta la tierra de rectitud. Así, el recto es guardado de todo error que pueda resultar peligroso (cf. Sal. 25:4-5, 8-9, 12-13).

“Mas la perversidad de los pérfidos los destruirá”. Sus engañosas conductas no solo serán la causa, sino que con frecuencia también constituirán el medio que les llevará a su destrucción.
Natanael era un hombre “en quien no [había] engaño” (Jn. 1:47). En consonancia con esto, descubrimos que aunque tenía prejuicios contra Jesús de Nazaret, su sinceridad quedó patente en el recurso que empleó para llegar al conocimiento de la Verdad, y le guió por el camino recto. Los enemigos de Cristo eran hombres perversos de espíritu. Le crucificaron con vistas a mantener su honor y proteger a su nación; pero por culpa de su perversa conducta ambas cosas fuero destruidas.

Extracto de “Lecturas Vespertinas” por C.H. Spurgeon. Usado con permiso de Editorial Peregrino.

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Solamente esfuérzate y sé muy valiente

“Solamente esfuérzate y sé muy valiente” (Josué 1:7).

El tierno amor de Dios por sus siervos hace que Él se interese por el estado de los sentimientos íntimos de ellos. Él desea que sean muy valientes. Algunos estiman como cosa de poca monta el que un creyente esté turbado con dudas y temores, pero Dios no piensa así. En este versículo se ve claramente que nuestro Señor no nos quiere enredados en temores, sino que vivamos sin cuidados, sin dudas, sin cobardía. Nuestro Señor no juzga nuestra incredulidad tan livianamente como lo hacemos nosotros. Cuando vivimos desalentados estamos sujetos a una enfermedad con la que no debemos jugar, sino que debemos llevarla a nuestro Médico amado. Nuestro Señor no quiere vernos con rostros tristes. Era ley del rey Asuero que ninguno podía entrar en su corte “vestido de cilicio”. El Rey de reyes no tiene esta ley—pues nosotros podemos ir a Él tan tristes como estemos–, no obstante, a Él le agradaría que nos despojásemos del espíritu de tristeza y nos vistiéramos las vestiduras de la alabanza; pues hay muchos motivos para estar alegres. El cristiano debe tener un espíritu animoso con el fin de glorificar al Señor, soportando las pruebas de forma heroica. Si es medroso y pusilánime, deshonrará a su Dios. Además, ¡qué mal ejemplo da con ello! Esta enfermedad de la duda y del desaliento es una epidemia que pronto se propaga entre la grey del Señor. Un creyente abatido contagia de tristeza a veinte almas. Por otra parte, si tu valor no se mantiene firme, Satanás resultará demasiado fuerte para ti. Deja, pues, que tu espíritu se goce en Dios tu Salvador y, así, el gozo del Señor será tu fortaleza y ningún demonio del Infierno te arremeterá. Sin embargo, la cobardía derribará la bandera. Además, el trabajo resulta liviano para el hombre de espíritu alegre, y el éxito aguarda a un ánimo así. El hombre que trabaja, regocijándose en su Dios y creyendo de todo corazón, tiene el éxito garantizado. El que siembra con esperanza recogerá con gozo. Por tanto, querido lector, “esfuérzate y sé muy valiente”.

Extracto de “Lecturas Vespertinas” por C.H. Spurgeon. Usado con permiso de Editorial Peregrino.

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El que cuida la higuera comerá su fruto

El que cuida la higuera comerá su fruto, y el que atiende a su señor será honrado (Proverbios 27:18).

Es tarea del siervo atender a su señor con respeto, acatar sus órdenes con alegría y fidelidad, mirar por sus intereses y por su felicidad empleando todos los medios apropiados que estén a su disposición y evitar, dentro de sus posibilidades, todo aquello que pueda perjudicarle.

Pero es posible que los que se hallan en esta humilde condición puedan pensar que cuentan con muy pocos alicientes para cumplir los deberes correspondientes, porque la humildad de su situación les priva de la esperanza de alcanzar ninguna recompensa de valor. En respuesta a esto, el Espíritu de Dios afirma que obtendrán una recompensa muy buena y honorable a cambio de sus servicios, por humildes que sean.

“Quién planta una viña y no come de su fruto? […]” (1 Co. 9:7) ¿O quién cuida de las higueras y no tiene permiso para participar de su delicioso producto? Y si el cuidado de las higueras se recompensa de esta forma, ¿cómo no será honrado aquel que demuestre celo por todo lo que concierne al bienestar de su señor y a sus intereses? Con toda certeza: le respetarán todos los sabios que le conozcan; y especialmente su señor le mostrará ese respeto que merece su fidelidad, y quizá encontrará ocasiones para hacerle más bien del que esperaba. Es verdad que a menudo los siervos pasan inadvertidos para sus señores cuando se cumple el tiempo de su servicio; pero quizá esto puedas atribuirse tanto a la falta de mérito de los siervos como a la carencia de gratitud de los amos.

La Ley de Dios obliga a los señores a comportarse no solo con justicia, sino también con amabilidad en el trato con sus siervos honrados; pero si los patronos resultaran ser unos desagradecidos, hay un amo y Señor en el Cielo que recompensará con liberalidad divina a aquellos siervos que cumplieron con su deber, no sirviendo al ojo, sino como siervos de Cristo (cf. Ef. 6:6), adornando la doctrina de Dios su Salvador con el cumplimiento religioso de su deber para con los hombres (cf. Tit. 2:10; Dt. 15:13; Col. 4).

Excerpto de “Comentario a Proverbios” por George Lawson.

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Para que tu confianza esté en el SEÑOR, te he instruido hoy a ti también.

Para que tu confianza esté en el SEÑOR, te he instruido hoy a ti también. ¿No te he escrito cosas excelentes de consejo y conocimiento… (Proverbios 22:19-20).

El propósito principal de este libro es instruirnos en todos los deberes que tenemos para con Dios y para con los hombres; y confiar en Dios es un deber fundamental sin el cual no podemos hacer nada correctamente. Al principio del libro, Salomón llama a los pecadores a volverse a Dios, dependiendo de su misericordia y conforme a su promesa. Nos pide que creamos en Cristo y en Dios su Padre, que lo estableció desde la eternidad (cf. Pr. 8:23). Nos encarece expresamente a confiar en el Señor con todo nuestro corazón y a renunciar a toda confianza en nosotros mismos (cf. Pr. 3). Y con todo el tono de sus proverbios, a través de los cuales no deja de insistir en las ventajas que se derivan de la rectitud y en la desgracia que sigue al vicio, nos impulsa a encomendar nuestras almas a Dios, haciendo el bien. La confianza en el Señor es nuestro escudo contra las tentaciones y, a través de ella, obtenemos de Dios por medio de Cristo toda la gracia que necesitamos para nuestro auxilio y sostén en los caminos de santidad; y todo lo que se dice en este libro, cuando lo tenemos debidamente presente, contribuye a fortalecer nuestra confianza y a guiarnos en nuestro caminar.

Para fomentar nuestra confianza en Dios y orientar nuestros pasos, debemos leer y oír este libro aplicándolo a nuestras vidas. “Te he instruido hoy a ti también”, esas son las palabras del escritor inspirado. Es Dios quien habla, y se dirige a cada uno de nosotros en particular, de manera que deberíamos recibir en nuestros corazones lo que nos dice, creyendo que la palabra de exhortación nos habla a cada uno en concreto, con la misma certeza que si se hubiera escrito expresamente para nosotros, sin pensar en ninguna otra persona del mundo. Hasta que no oímos la palabra como Palabra de Dios que se dirige a nosotros, no hemos oído con la debida atención.

Dios no solo ha hablado, sino que también nos ha dejado escritas sus palabras por medio de Salomón. “Recibe, te ruego [dijo Elifaz a Job], la instrucción de su boca, y pon sus palabras en tu corazón” (Job 22:22). Job lo hizo así, porque consideraba que las palabras, que salen de la boca de Dios eran más necesarias que la comida. ¿Acaso es posible que los santos sintieran tanta reverencia hacia la Palabra de Dios cuando no había Escritura y que nosotros le prestemos menos atención ahora que Dios, en su gracia, ha tenido a bien escribirnos las grandes cosas de su Ley y su pacto?

Lo que está escrito no son solo palabras de verdad, sino cosas excelentes y majestuosas, dignas de que las escribiera el más sabio de los hombres, siendo inspirado por el Espíritu de sabiduría. Dios deja a nuestro juicio decidir si son excelentes o no. Si no discernimos su excelencia somos ciegos y estúpidos, porque tienen una grandeza que sobrepasa con mucho a la de los objetos que más se valoran sobre la faz de la Tierra. Su valía no radica en un aspecto resplandeciente, como el del oro, el de la plata o el de los diamantes, ni en que proporcionen entretenimiento a la mente curiosa, como una narración bien redactada, sino en que nos aportan consejo para hacernos prudentes en todas las facetas del comportamiento y nos dan conocimiento para enriquecer la mente con las verdades más preciosas. Ser sabio, entender nuestro camino hacia el Cielo, conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo y la “[…] voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2 RVR 1960), son todos logros excelentes; y las cosas que hay escritas en este libro son extremadamente útiles para ayudarnos a alcanzarlos.

Formarse juicios acerca de cuestiones importantes que están íntimamente relacionadas con nuestros intereses fundamentales es otro beneficio que se deriva de prestar la debida atención a este libro.

Extracto de “Comentario a Proverbios” por George Lawson. Publicaciones Aquila.

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Ella le trae bien y no mal todos los días de su vida

Ella le trae bien y no mal todos los días de su vida (Proverbios 31:12).

Hay algunas personas que son una plaga constante para sus maridos, porque los humillan con su comportamiento despiadado y perverso cada día y cada hora de su vida.

Hay otras que traen algún bien a sus maridos, pero al mismo tiempo les traen tanto mal que no es posible ni apropiado llamarlas mujeres virtuosas. Cuidan bien de sus propiedades y no gastan un penique sin necesidad, pero irritan a sus maridos y quitan la gracia a todas las comodidades de la vida con sus contiendas perpetuas y con sus discusiones por nimiedades.

Pero la mujer virtuosa “trae bien y no mal” a su marido, y no solo en ciertas ocasiones, sino “todos los días”. Algunas esposas se parecen a los días de abril; unas veces son serenas y agradables, otras son tempestad y furia, y otras como una gotera continua (cf. Pr. 19:13). La mujer virtuosa pone tanto cuidado en agradar a su marido con un carácter suave y dulce como en gobernar sus asuntos con juicio (cf. Sal. 112:5). Es la misma hoy que mañana, y que ayer. Después de veinte años de matrimonio y después de cincuenta es la misma que durante el primer mes. Ni la enfermedad, ni la pobreza, ni la vejez, ni siquiera los errores en que su marido pudiera caer respecto a la dirección de los negocios de su familia pueden apagar su amor. Cuando más la necesita su marido, más goza este de la simpatía tierna de su esposa. Si, por la fragilidad de la naturaleza humana, a veces fuera tan desagradecido como para hablar con rudeza a su mujer, ella le soportaría y le perdonaría. Cuando muera su esposo, la mujer virtuosa guardará su memoria con cariño; y cuando la unión se rompa por la separación, ella seguirá trayéndole bien, mostrándose bondadosa con sus hijos por amor a él.

Extracto de “Comentatio a Proverbios” por George Lawson.

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En presencia del que tiene entendimiento está la sabiduría

En presencia del que tiene entendimiento está la sabiduría, pero los ojos del necio están en los extremos de la tierra (Proverbios 17:24).

Con frecuencia el conocimiento resulta inútil para el que lo posee, bien porque no sabe las cosas que debería saber, bien porque carece de la sabiduría necesaria para utilizar correctamente su conocimiento; pero la verdadera sabiduría es de constante utilidad para el que dispone de ella porque no consiente que quede enterrada en su mente, sino que la aplica para que le indique el camino en la vida. Le guía en la elección de su destino final y le mantiene estable en la búsqueda del mismo. Siempre está delante de sus ojos para dirigir todos sus pasos y anda por su camino con seguridad, porque la Sabiduría le guarda y la discreción le sostiene (cf. Pr. 2:11). Así es como David gobernaba su vida. Atesoraba la Palabra de Dios en su corazón y la ponía delante de sus ojos, y de ese modo no se apartaba impíamente de su Dios (cf. Sal. 119:11; 18:21-22).

No solo debemos adquirir sabiduría, sino ponerla delante de nuestros ojos para que sea luz a nuestros pies (cf. Sal. 119:105); porque el hombre que tiene sabiduría en su mente y se olvida de utilizarla es como el que tiene dinero en su cofre y, cuando sale para un largo viaje, no se acuerda de llevarse un poco para cubrir los gastos que le surjan. Saldrá perjudicado en muchas ocasiones el que tiene dinero en casa pero no lleva nada encima.

Sin embargo, el necio carece de sabiduría en su corazón y tampoco la tiene delante de sus ojos; porque, en lugar de emplear su entendimiento para marcar el gran objetivo de su vida como punto adonde dirigirse, sus ojos “están en los extremos de la tierra”, errando arriba y abajo para observar todo lo que se cruce en su camino, excepto aquello en que debería fijar siempre la vista. Tiene el capricho de errar, y esto desvía su mente de continuo y nunca se preocupa por lo que debería ser su principal interés. O no hace nada, o no hace nada útil, o no hace nada de lo que debería hacer; vive al azar, dando bandazos de un lado para otro como un barco sin piloto y sin timón. Tal hombre siempre está persiguiendo sombras y, cuando alcanza una de ellas y no halla en ella el beneficio que esperaba, empieza a perseguir otra, y así pasa sus días en vanidad y entra en el mundo eterno sin haber pensado seriamente en hacer previsiones para su morada perpetua.
Nuestro deber es fijar los ojos en las cosas que no se ven (cf. 2 Co. 4:18) y vivir bajo la intensa influencia del mundo eterno; y, cualesquiera que sean los asuntos menores que se nos llame a atender, sigamos esa senda que lleva a la vida eterna (cf. Mt. 7:14), sin desviarnos ni a la derecha ni la izquierda, por ningún motivo.

Reservados todos los derechos. Extracto de “Comentario a Proverbios,” por George Lawson. Publicaciones Aquila.

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¿Has hallado miel? Como sólo lo que necesites, no sea que te hartes y la vomites

¿Has hallado miel? Como sólo lo que necesites, no sea que te hartes y la vomites (Proverbios 25:16).

El Dios que ha llenado la Tierra con su bondad no nos ha pedido que llevemos una vida mísera e incómoda. Nos permite comer tanta miel y disfrutar tanto de todas las comodidades terrenales como necesitemos para fortalecer nuestros cuerpos y refrescar nuestros espíritus; lo único que nos prohíbe es el exceso en la comida, la bebida y otros deleites semejantes, porque esto debilitaría nuestro cuerpo, sobrecargaría nuestras almas y acabaría en amargura.

Aunque se nos permite tomar toda la miel que necesitemos, no debemos comer hasta saciar un apetito voraz. Hemos de guiarnos por la razón y no por el apetito para saber cuándo tenemos suficiente pues, de lo contrario, no existiría el pecado de la intemperancia en el mundo. La Naturaleza misma nos hace sentir los malos efectos de consentirnos la falta de moderación, que sobrecarga los estómagos y vuelve amargas las cosas más dulces, de modo que no nos es posible encontrarnos bien hasta que las expulsamos.

En el libro de Judas se describe como un gran pecado comer sin temor (cf. Jud. 1:12). Cuando nos sentamos a una mesa llena de abundancia, los huéspedes presentes suelen ser más de los que estaban invitados, porque el diablo viene a injertar alguna tentación en los platos que se sirven y muy a menudo encuentra ocasión de hacer tragar algo de iniquidad juntamente con la comida o la bebida que toma la gente. Debemos recordar siempre nuestro objetivo principal; y el Apóstol lo explica con estas palabras: “Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31). De Dios nos viene la comida, y es una gran impiedad por parte nuestra utilizarla como arma para rebelarnos contra Él haciendo de nuestro vientre un Dios (cf. Fil. 3:19).

El tiempo que va a durar nuestra relación con el mundo es breve; por tanto, regocijémonos como si no nos regocijáramos, y aprovechemos el mundo, como si no lo aprovecháramos plenamente; porque la apariencia de este mundo es pasajera (cf. 1 Co. 7:30-31).

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