Reflexiones

jueves, 24 de junio 2010
¿Qué es la fe reformada? Parte I

Pastor Edward Donnelly

¿Qué significa llamarse “reformado”?

Podríamos responder de una forma histórica y explicar que esta palabra se refiere a la Reforma Protestante del siglo dieciséis. Este asombroso redescubrimiento de la verdad escrituraria fue encabezado por reformadores como Juan Calvino y fue consagrado en profundas confesiones globales de la Iglesia, tales como la Confesión Belga, el Catecismo de Heidelberg, los Cánones de Dort y la Confesión de Fe de Westminster. Los cristianos reformados son descendientes de aquella era.

Asimismo, podríamos abordar esta cuestión de forma teológica. La fe reformada, a menudo conocida como calvinismo, hace hincapié en doctrinas como la soberanía de Dios, la predestinación, la inutilidad de los seres humanos, su situación caída y la irresistible y triunfante obra de Dios. Abrazar la “fe reformada” es creer en estas y otras doctrinas relacionadas.

Pero por muy exactas que puedan ser estas respuestas, no llegan todo lo lejos que se podría desear. No expresan la belleza del milagro. No nos emocionan ni hacen que sintamos el deseo de gritar y cantar de júbilo. No parecen ofrecer algo que sea radicalmente diferente a los crecientes números de jóvenes, hartos de un cristianismo “descafeinado”, y hambrientos de algo más auténtico y sólido. Pueden prestarse a confusión al dar a entender que la fe reformada no es más que una de las distintas “tradiciones” cristianas o “énfasis”, que pueden resultar atractivos para ciertos tipos y personalidades o, por el contrario, tener poca relevancia para otros.

Esto sería perderse la gloria de lo que es realmente la fe reformada. Es mucho más que mantenerse firme en una tradición histórica.

Comienza, ciertamente, con la convicción de que ciertas doctrinas son verdaderas, pero va mucho más allá. Es algo sobrenatural, una realidad que no puede producirse por medios humanos, sino que desciende del cielo. Es una experiencia transformadora y revitalizante; es el resultado directo de la obra del Espíritu Santo de Dios.

Una de sus descripciones más claras se encuentra en el capítulo seis de Isaías, donde Dios se aparece al profeta mientras este adora en el templo. En la experiencia de Isaías podemos identificar cuatro elementos que constituyen la realidad espiritual que llamamos “fe reformada”. Implica ver, sentir, recibir y actuar o, dicho de otro modo, visión, convicción, recepción y consagración.

Una visión de Dios

“[…] vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime […]” (versículo 1). Esto ocurría en un tiempo sombrío, desalentador, a mediados del siglo VIII a. C. “el año de la muerte del rey Uzías”. El fallecimiento del rey leproso simbolizó el final de la influencia política en Judá, la prosperidad comercial y el desvanecimiento de su gloria nacional. Pero, en ese periodo de desencanto, los ojos de Isaías fueron alzados a un rey superior.

Ese rey era “el Señor – Adonai – el Soberano, el Dios que era capaz de llevar a cabo sus propósitos. Y estaba “sentado sobre un trono” – ejerciendo serenamente su prerrogativa como Rey y Juez. Como tal, su trono era “alto y sublime”, y “la orla de su manto llenaba el templo”. Los ángeles, seres libres de pecado, escondían su rostro ante el resplandor de Dios y se daban voces unos a otros, haciéndose eco de la alabanza de su santidad y su gloria.

Fue un espectáculo impresionante, inolvidable, algo que se quedó grabado para siempre en la consciencia de Isaías. Una de sus formas favoritas a la hora de referirse a Dios es: “el Santo de Israel”; esta expresión se utiliza seis veces en el resto de la Biblia, mientras que en esta profecía la encontramos en veintiséis ocasiones. Desde aquel momento, y para siempre después de ello, ese estribillo resonó en su mente, ardiendo en su corazón una y otra vez: “[…] han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos” (versículo 5).

No existe mejor definición para un cristiano reformado. Se trata de alguien que “ha visto al Rey”, al Dios Todopoderoso; alguien que no se siente limitado ni frustrado, decepcionado ni débil. Es alguien que ama a un Dios que es soberano, infinitamente santo y glorioso; Alguien que inspira adoración y veneración en aquellos a quienes se ha revelado.

Los cristianos reformados adoran a un Dios grande; su opinión acerca de Él es elevada, magnífica, transformadora. No somos curiosos fósiles históricos, restos de un pasado casi olvidado. No somos una patética minoría que intenta labrarse una identidad que la distinga del resto, sino que estamos poseídos por Dios; somos hombres, mujeres e iglesias que admiran a Dios; gente a quien se le ha concedido ver al Rey en su gloria. Esto, más que cualquier otra cosa, es lo que las personas necesitan hoy día.

Las palabras de A.W. Tozer, hace una generación, son más aplicables hoy que nunca:

“La Iglesia ha abandonado el concepto elevado que, una vez, tuvo de Dios y lo ha sustituido por uno tan bajo y tan vil que hace que los hombres sean totalmente indignos de pensar y de adorar […]. La baja opinión acerca de Dios que abrigan los cristianos, de forma casi universal, es la causa de los cientos de males menores que ocurren en todas partes, entre nosotros […]. La obligación más pesada que recae hoy día sobre la Iglesia cristiana actual es purificar y elevar su concepto de Dios hasta que llegue a ser, de una vez por todas, digno de Él —y de ella” (The Knowledge of the Holy [Conocer al Santo], pp. 6, 12).

Pero la experiencia de Isaías tenía un aspecto más doloroso.

La convicción de pecado

Su reacción inicial, ante la visión de Dios, no es de gozo precisamente; y aun menos se congratula de haber alcanzado un entendimiento teológico más preciso que sus contemporáneos en cuanto a ser “verdaderamente reformado”. “¡Ay de mí!”. Esta es su respuesta: un grito desgarrador de autocondenación. “Perdido estoy”.

Lo que está diciendo literalmente es: “estoy acabado; estoy condenado a morir”. La santidad de Dios es profundamente amenazadora. Ve a los serafines adorando y se da cuenta de que, igual que ellos, él también debería alabar a ese Ser glorioso, pero “soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito […]” (versículo 5).

Isaías siente la convicción de su indignidad y sufre la conmoción cegadora de un encuentro personal con Alguien, en su condición de incapacidad total y absoluta para ello. La confianza en uno mismo se desvanece ante la llama de la santidad de Dios. Como le ocurrió a Job (cf. Job 42:5, 6) y a Juan (cf. Ap. 1:17), la visión de Dios le abruma y le sume en la angustia de la autocondenación.

Aquellos que han visto a Dios —que le han visto realmente— no pueden volver a sentirse satisfechos de sí mismos, ni envanecerse. Su grandeza eclipsa nuestra pequeñez; su pureza hace que nuestra culpa moral sea lastimosamente obvia.

De este modo, la fe reformada produce hombres y mujeres humildes y mansos, que no adoptan posturas afectadas, ni son fanfarrones. No hacen alarde de sus conocimientos doctrinales ni de sus talentos imaginarios. Cualquiera que haga esto será porque ignore el abecé de la fe que profesan. En lugar de ello, “practican la justicia, aman la misericordia y andan humildemente con su Dios” (Mi. 6:8). Para ellos, es un hecho que “desde la caída ningún hombre puede guardar perfectamente en esta vida los mandamientos de Dios, sino que los quebranta diariamente en pensamiento, palabra y obra”. (Catecismo Menor, pregunta y respuesta 82).

Stephen Charnock lo ha escrito de una forma memorable:

Una percepción de esto [la santidad de Dios] nos hará humildes al poseer la mayor santidad que una criatura pueda tener. Tenemos tendencia al orgullo, como los fariseos, cuando consideramos a otros que se regodean en el lodo de las bajas lujurias antinaturales. Pero quien pueda que bata sus alas en un vano alarde y exaltación cuando vean la santidad de Dios.

¿Qué antorcha, por mucha razón que tuviera, se sentiría orgullosa y se pavonearía en su propia luz al compararse con el sol? […]. Este vacío interno, al considerar la pureza divina, es la señal de una verdadera Iglesia y de un verdadero miembro de esta, mientras que el alarde de la perfección y el mérito es propiedad de la tribu anticristiana que tiene malos pensamientos acerca de esta adorable perfección (The Existence and Attributes of God [La existencia y los atributos de Dios], vol. 2, p. 192.

En el caso de Isaías, lejos de verle como un modelo a seguir, en algunas iglesias contemporáneas se le aconsejaría que viese a un consejero para restaurar su imagen propia que se había visto dañada. Pero esta evaluación llena de discernimiento, acerca de quién y qué somos por naturaleza, trae un aliento refrescante de salud a nuestra era de sobrecogedora e irreverente adoración; de una evangelización que hace poca mención del pecado; de un descuido absoluto de la obediencia a la ley de Dios y de un estilo de vida nauseabundo que se centra en el hombre. Con todo, el cristianismo bíblico no deja nunca en el hoyo al pecador que reconoce su culpa, porque vemos que ese hombre quebrantado es conducido a un gozo transformador.

Cortesía del sitio web de Grace Covenant Baptist Church, Flemington, New Jersey (www.gcbcnj.org). Publicado por el Estandarte de la Verdad.

Los comentarios serán publicados a nuestra discreción

Comentario

Prohibida la reproducción de los articulos y las fotos sin permiso de ibrnb.com
© 2009 IBRNB.COM
Escriba: admin@ibrnb.com

Reflexiones is powered by WordPress | Entries (RSS) and Comments (RSS)| Partnerprogramm Theme