Reflexiones

lunes, 19 de julio 2010
Ingredientes del temor de Dios Parte I

Albert N. Martin

Imagina que alguien lee su biblia, con una pluma y un papel en la mano, apuntando cada referencia clara y abierta al temor de Dios con la que se encuentra. Además de esto, recoge cada uno de los pasajes en los que se habla de él, aunque no sea con palabras explícitas, pero que al menos destaquen el pensamiento e ilustraciones de la realidad del mismo. Estoy seguro de que podría llenar muchas páginas con referencias correspondientes a este gran tema. El temor de Dios es uno de los temas más destacados de las Santas Escrituras. Eso es lo que, según el escritor de los proverbios, es el principio de todo conocimiento (cf. Proverbios 1:7).

Hemos visto la ilustración y la definición que las Escrituras hacen del temor de Dios. Ahora, tenemos que considerar cuáles son sus ingredientes esenciales. En primer lugar, tiene que haber conceptos correctos acerca del carácter de Dios.

Conceptos correctos del carácter de Dios

Dios es majestuoso en santidad

Apocalipsis 15:3-4 hace una pregunta: “¡Oh Señor! ¿Quién no te temerá y glorificará tu nombre?”. Ahí están los santos victoriosos, los redimidos que han vencido a la bestia y a su imagen. Están en la presencia de Dios y, al principio del versículo tres, leemos:

“Y cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: ¡Grandes y maravillosas son tus obras, oh Señor Dios, Todopoderoso! ¡Justos y verdaderos son tus caminos, oh Rey de las naciones! ¡Oh Señor! ¿Quién no temerá y glorificará tu nombre? Pues solo tú eres santo; porque todas las naciones vendrán y adorarán en tu presencia, pues tus justos juicios han sido revelados”.

Al contemplar a su Dios, hacen esta pregunta: “Viéndote como eres y, teniendo por tanto una perspectiva correcta de tu carácter, tus caminos y tus juicios, ¿quién no te temerá?”. Hacen esta pregunta retórica que, en esencia, viene a decir: “Cualquiera que te vea como nosotros te vemos, debe temerte”. El reconocimiento que corrige los conceptos que se tienen del carácter de Dios es un elemento y un ingrediente indispensable a la hora de producir el temor de Dios.

Uno de los grandes problemas en nuestros días es que hemos perdido de vista esos aspectos del carácter de Dios que fueron calculados para producir temor de Él, es decir: su majestad, su inmensidad, su santidad. Es como si estuviésemos contemplando un paisaje. En un primer plano, tenemos una hermosa pradera, la imagen perfecta de la tranquilidad y la paz. Sin embargo, el telón de fondo está hecho de inmensas montañas, de picos escarpados y cubiertos de nieve. A los lados, detrás y por encima de esas montañas hay nubes tormentosas y relámpagos que forman un contraste.

Si un hombre se limita a centrar su atención en el primer plano del cuadro, puede tener una opinión muy acertada de una parte del mismo, pero su respuesta a la totalidad del mismo no es adecuada. Si puede observar esa escena y no sentir más que tranquilidad y bienestar, sin tener ninguna sensación de asombro ante lo prodigioso que quita la respiración, es porque se está limitando a mirar el primer plano sin mirar el fondo. Si has estado alguna vez en las Montañas Rocosas, ya sabéis a lo que me refiero. Uno se siente abrumado por el poder, la grandeza y la absoluta inmensidad de esas montañas.

Lo mismo ocurre con el carácter de Dios. Las Escrituras establecen ante nosotros las líneas más suaves de la misericordia, la compasión y la ternura paternal de Dios. Sin embargo, jamás exponen esos elementos aislados de las características más impresionantes e imponentes de su santidad, su ira, su inmensidad, su eternidad, su omnisciencia y su omnipotencia. En nuestros días, hemos perdido este aspecto del carácter de Dios. Por tanto, hemos perdido, en gran medida, el temor de Dios.

La cruz intensifica nuestra perspectiva de la santidad de Dios

Muchos tienden a pensar que, ahora que Dios ha revelado su amor en la cruz de Jesucristo, no nos queda más que embelesarnos en ese amor en lugar de temblar de temor. Pero si, como nos dicen las Escrituras, las criaturas sin pecado esconden su rostro en la presencia del Dios de ardiente santidad (cf. Isaías 6:1-3), ¿por qué deberíamos pensar que la visión de las heridas y del sacrificio de Cristo niegan la necesidad que tenemos de acercarnos con el rostro cubierto y temblor en el corazón?

Se puede decir con exactitud que, quizás, en ningún lugar de las Escrituras se puede ver este principio de forma más clara que en la propia cruz. Porque ¿qué es la cruz sino la revelación más clara de Dios acerca de su inflexible justicia? ¡Qué despliegue de inflexible justicia el que Dios no escatimara a su hijo sino que acarreara sobre Él todo el embate de su ira contra el pecado! ¡Qué exposición de santidad inmaculada!

Dios es tan santo que da la espalda a su Unigénito, Aquel de quien dice: “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido” (Mateo 3:17). Una visión ilustrada de la cruz de Cristo, en lugar de cancelar, negar o diluir alguna de las enseñanzas escriturarias acerca del temor de Dios, sirve para elevar y sellar ese concepto de modo que toda nuestra relación con Dios, por medio de Cristo, se da en el ambiente del temor de Él.

No habrá medida del temor de Dios en tu corazón hasta que comiences a tomarte en serio la revelación que Él ha hecho de su propio carácter y empieces a temblar delante de Él con el temor del pánico y del terror, hasta que clames para que las rocas y las montañas te escondan de su rostro. Querido amigo: el Evangelio se convertirá entonces en buenas nuevas para ti, las buenas noticias de Aquel que fue escondido del rostro del Padre para que tú y yo podamos ser perdonados. Se trata del Señor Jesucristo.

Si eres un hijo de Dios, debes estar convencido de que no crecerás en el temor de Dios a menos de que crezcas en tu conciencia y tu sensibilidad a la enseñanza escrituraria de la inmensidad, la majestad y la santidad de Dios. Esto no es algo que se incorpora a la vida de una vez y para siempre. Me gustaría ser sumamente práctico y exhortaros para que dediquéis mucho tiempo a meditar en porciones de la palabra de Dios como los capítulos seis y cuarenta de Isaías y Apocalipsis uno y diecinueve, y algunos de los demás pasajes que exponen especialmente a Dios en su trascendente majestad, santidad e inmensidad. Medita en ellos hasta que empieces a sentir algo de la atmósfera de los modelos de pensamiento bíblicos y tomes tu lugar delante de Él en verdadero temor piadoso.

Este profundo sentido de su majestad y santidad es el que se convierte en una de las grandes motivaciones para una vida de santidad y piedad. El primer ingrediente esencial del temor de Dios es un concepto correcto de su carácter. Si tus pensamientos acerca de Dios te han dejado desprovisto de su temor, hay algo incorrecto en tu opinión sobre Él. ¡Que Dios te ayude para que comiences a conformar tu pensamiento a las declaraciones de las Santas Escrituras, para que puedas tener ese temor del Señor que es la parte principal del conocimiento!

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